España ha caído a mínimos históricos en las tres competencias que evalúa el último informe PISA: matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Los expertos achacan estos datos desastrosos a varias causas: un sistema educativo que no fomenta el esfuerzo, la irrupción de las pantallas y las redes sociales con la consecuente pérdida de atención y la reciente aparición de la IA, y la pérdida del hábito lector.
Hace unas semanas, Jacob Coxon, investigador británico de inteligencia artificial, renunció a su puesto en Anthropic, uno de los principales desarrolladores de IA, mientras exponía varias inquietudes éticas. Según este científico, las empresas de inteligencia artificial están compitiendo para desarrollar tecnologías sobrehumanas que podrían poner en riesgo la vida de las personas. En unas declaraciones que dieron la vuelta al mundo (gracias a la IA): «Las personas que están construyendo IA creen sinceramente que podría matarnos a todos para finales de la década”.
Aunque es cierto que todos vamos a morir, en palabras del profesor Diego Borro, catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad de Navarra, “La respuesta corta, desde el rigor científico, es que no seremos aniquilados por un superordenador consciente al estilo de Terminator. El peligro real de la inteligencia artificial no es que se vuelva malvada ni que desarrolle voluntad propia. El riesgo es que haga exactamente aquello para lo que ha sido programada, pero sin el contexto, la ética ni la supervisión humana indispensables”. (…). “La inteligencia artificial es una de las herramientas con mayor potencial para hacer avanzar la medicina, la ciencia y la sostenibilidad en la historia de la humanidad. Pero, para que esa promesa se cumpla, debemos ser conscientes de los fallos de diseño que hoy oscurecen su impacto positivo”. (…). “Así, el verdadero reto de nuestra época no es evitar que las máquinas piensen como humanos, sino garantizar que quienes diseñamos el futuro no olvidemos jamás lo que nos hace verdaderamente humanos”.
Contar historias nos hizo humanos
En la cueva de Qesem, en Israel, se ha identificado un hogar central (de hace unos 300.000 años) alrededor del cual se organizaban actividades como el procesamiento y consumo de alimentos. Los análisis microscópicos de los sedimentos han revelado capas superpuestas de ceniza: se había encendido fuego repetidamente en el mismo lugar. Era un punto recurrente de actividad dentro de la cueva. Esto permite interpretar el fuego como un lugar de encuentro y de interacción social. No sabemos qué se decían, las palabras no fosilizan, pero es posible que aquellas reuniones grupales, familiares, alrededor de un fuego compartiendo alimentos, favorecieran la transmisión de experiencias y de relatos, y comenzamos a contar historias.
Llevamos miles de años contado historias. El lenguaje oral es, en parte, lo que nos ha hecho humanos. Siglos después, con la aparición del alfabeto, escribir esas historias, transformó nuestra forma de aprender. La escritura nos permitió volver sobre nuestras palabras, examinarlas, corregirlas y discutirlas con otros. Nos hizo pensar, reflexionar, nos hizo más humanos. Y unos siglos más tarde, la imprenta facilitó la difusión, comparación y conservación de los textos clásicos. La escritura ya permitía fijar una idea; la imprenta multiplicaba los lectores que podían examinarla y responder a ella. Esa mayor circulación favoreció que una discusión continuara entre personas alejadas y a lo largo de generaciones. Esta vez, leer nos hizo más humanos.
La educación de un niño no reproduce paso a paso la historia de la humanidad. Pero hay algo en ese recorrido que nos resulta familiar: antes de leer por nuestra cuenta, otros nos han hablado, nos han escuchado y nos han contado historias. Después, la lectura y la escritura se van alimentando mutuamente. Por eso, volver a contar cuentos a nuestros hijos o a nuestros nietos, es la mejor manera de que se aficionen a la lectura. Y la lectura amplía nuestro horizonte, va más allá de nuestro entorno y de nuestro tiempo: podemos conversar con alguien que vivió hace siglos o acercarnos a una vida muy distinta de la nuestra. Leer exige dedicar tiempo a comprender. Frente a la impaciencia por obtener una respuesta inmediata, la lectura ofrece un espacio para sostener una pregunta. En un mundo donde resulta cada vez más fácil obtener un resumen o una respuesta, leer es dedicar tiempo a recorrer un razonamiento, discutirlo y decidir qué pensamos nosotros. Leer nos ayuda a pensar.
Ser plenamente humanos
La IA puede darnos las respuestas, pero lo importante son las preguntas. Frente a la amenaza de la IA, necesitamos tiempo para volver a lo que nos hace plenamente humanos. Tenemos un cuerpo, una historia, unos vínculos, una vida. La IA puede producir textos, imágenes o música, una cosa es generar una conversación sobre la amistad y otra muy diferente es tener un amigo.
Para evitar que la IA acabe con la humanidad en la próxima década, tenemos que volver a ser plenamente humanos, tenemos que sentir el mundo con el cuerpo, el frío de la mañana en la cara, el olor de la tierra mojada, el cansancio después de caminar, o el placer de una comida (si es con amigos, mucho mejor). Tenemos que querer a alguien y sentir que nos quieran, echar de menos, buscar compañía, acompañar a un enfermo, sostener una mano, quedarse junto a alguien, aunque no podamos solucionar su problema. Tenemos que vivir el paso del tiempo, cumplir años, recordar la infancia, saber que algunas oportunidades no vuelven y que nuestra vida tiene un final. Tenemos que asombrarnos como un niño, mirar un insecto, el cielo o una célula al microscopio y sentir curiosidad por algo que hasta entonces nos había pasado inadvertido. Tenemos que sentirnos vivos, cantar por alegría, escribir una poesía o pintar un lugar que amamos. Pasear por el campo, disfrutad de un atardecer, de una noche estrellada, ver un eclipse, bañarnos en el mar, abrazar un árbol. Reírnos juntos, llorar juntos, compartir una historia, contar lo que nos pasa. Tomar decisiones, sentir arrepentimiento, pedir perdón, regalar flores, decir que te quiero. Pasear sin destino, perder el tiempo, estar en silencio, mirar por la ventana, bailar, conversar durante una sobremesa que se alarga. Tenemos que volver a ser como niños. Contar cuentos, escribir y leer. Ser plenamente humanos.
Resumen de la conferencia La ciencia de educar, el arte del sentido común con motivo de la XII Lección «Los fines de la educación». Pamplona, 21 de octubre de 2026.

